Otra historia corta. El gato es el mismo que el de siempre.
―¡Vuelve, Yuki!
A pesar de mis súplicas, el gato seguía corriendo. Era muy extraño que ese vago comilón que habitaba en mi casa se escapase de un modo tan extraño.
Todo empezó cuando abrí la puerta de mi casa, dispuesto a dar un paseo para que me tocase un poco el aire. Me encontré ante mí a mi gato, maullando. “Seguro que quiere comida”, pensé.
En cuanto me acerqué a Yuki, éste se puso a correr como un desesperado hacia la calle. Menos mal que vivía al lado del bosque. Si hubiese ocurrido en una ciudad, mi gato habría sido arrollado por algún coche.
―¡No huyas! ¿Se puede saber a dónde vas?
El felino seguía corriendo, sin apenas mirar atrás, y llegó a meterse en el bosque. Allí se encontró con un obstáculo: un muro natural de piedra de unos cinco metros de alto. Pensé que ya se habría cansado, así que me dirigí lentamente a Yuki para cogerlo. Pero antes de que lo hiciese, el gato ya estaba brincando de una forma nunca vista por los recovecos de la gran masa de piedra. Una vez arriba, se sentó y empezó a mirarme.
―…Quieres que suba, ¿no? Tienes suerte de que no tengo nada mejor que hacer.
Empecé a subir la intrincada pared. Los salientes con los que el gato se ayudó a subir me servían como peldaños, sin embargo la roca tenía los bordes afilados, motivo por el que me hice algunos cortes en las manos.
―Maldito gato… ¡cuando te coja me haré tiritas con tu pellejo!
Tardé unos diez minutos en subirlo entero. Tenía que ir con cuidado, ya que caerme podría producirme algunas heridas de las que me arrepentiría durante algunos meses.
Cuando finalmente llegué arriba, con las manos llenas de sangre por culpa de algunos cortes, el gato se me quedó mirando fijamente, como reflexionando sobre lo que había hecho. Acto seguido, volvió a echar a correr.
―… ¿Qué he hecho yo para merecer esto?
Mientras le seguía, esta vez caminando, pensé sobre lo que había hecho.
Normalmente no escalaría una pared en medio del bosque porque sí. Y menos sabiendo que me haría daño. ¿Por qué había seguido al gato, aun sabiendo que conocía el camino de regreso a casa? ¿Y cómo conseguí superar el dolor de forma tan rápida?
Al final acabé pensando que el gato quería que le siguiese. Pero acabé abandonando esa idea, ya que los gatos no podían pretender guiarme a algún sitio desconocido.
El siguiente obstáculo que me encontré fue algo mucho peor que el muro de piedra. Sin saberlo había llegado a una catarata. ¿Desde cuándo había cosas como esta cerca de casa?
Yuki cruzó el río. Pero lo hizo por un tronco de un árbol que seguramente habría caído con algún temporal reciente, creando un puente al otro lado. El gato lo hizo de forma ágil, sin tener en cuenta los casi veinte metros que había de caída.
El miedo se apoderó de mí. Por mucho que quisiera perseguir a mi gato, no había forma humana de que cruzase algo así. No era el protagonista de una película de acción, y esas cosas sólo pasan en el cine.
Pero tenía que seguir al gato. No sabía por qué tenía eso tan claro, sólo sabía que tenía que hacerlo.
Con decisión y miedo a la vez moví el pie, apoyándolo sobre el tronco. Éste era lo suficientemente ancho como para que pudiese estar de pie encima de él, pero la sensación de altitud hacía parecer que caer era fácil. ¿Cómo lo había hecho Yuki?
Entonces me di cuenta de la actitud que tuvo el felino frente a esta situación.
Abrí bien los ojos, miré hacia delante, y nunca pensé en lo que pasaría si caería o en lo lejos que estaba del principio. Si hacía eso, las dudas volverían. Sólo tenía que tener claro que quería cruzar el puente, lo demás no importaba.
Y lo crucé.
El gato seguía mirándome como si observase mi comportamiento. Y, de nuevo, volvió a alejarse, esta vez más rápido que antes. A pesar de haber hecho algo tan temerario, le seguí al mismo ritmo.
De pronto, los árboles se acabaron. Un amplio prado se abrió ante mí. Estaba lleno de flores y tenía un trozo con varios cultivos. Y en medio, como si de un paisaje onírico se tratase, se hallaba una humilde casa. Y ese sitio era el objetivo del gato.
Le seguí, esta vez más calmado, observando el paisaje alrededor. Era todo precioso, me arrepentí de no haber llevado la cámara de fotos conmigo ese día. De hecho no me llevé ni el teléfono móvil.
―Qué irresponsable soy.
El gato se acercó al patio exterior de la casa, para lanzarse a la falda de una persona, como si quisiera dormirse ahí. Yo, escandalizado, me acerqué pidiendo perdón por el comportamiento de mi gato. Entonces pude ver a la persona sobre la que reposaba mi mascota.
Se trataba de una chica aproximadamente de mi edad, y muy bella. Antes de que pudiese decir nada, ella preguntó.
―¿Es tuyo este gato?
―Sí, ¡perdón por todas las molestias que pueda haber causado!
―¡Lleva varios días viniendo a verme, así que es mi amigo! Me cuenta cosas de su casa y de su dueño.
―¿Cómo que te las cuenta?
―Cierto, quizá eso no sea correcto… Mejor dicho, imagino su historia. Mentalizo todo lo que hace para venir, cómo es su casa, y quién lo cuida.
―Interesante. ―tras hablar, la joven me miró como si estuviese ofendida― ¡No, de verdad, no era ninguna ironía!
La chica rió.
―¡Ya lo sé, era broma!
La joven me curó los cortes de las manos y me invitó a merendar. Me dijo que vivía allí, y que yo estaba loco por haber venido por el bosque cuando a cien metros de su casa había un camino que llevaba a una carretera. Al parecer al gato le pareció más fácil ir en línea recta, y yo lo seguí, teniendo que superar esos obstáculos. Cuando se los comenté a mi nueva amiga, reflexionó.
―¿Y no puede ser que… ¿Yuki, verdad? ¿…que Yuki quisiera que superases esos dos obstáculos a propósito?
―¿Con qué objetivo?
―Piénsalo bien. Tuviste que superar dolor y miedo, y encontrar determinación dentro de ti. ¡Parecen las pruebas que un héroe ha de pasar!
―¿Y por qué quería el gato que pasase esas pruebas? Al fin y al cabo lo único que he encontrado es tu casa. Y a ti…
Entonces lo comprendí todo.
El gato me observaba con interés.


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