Qué alto estoy… no sabía que era legal subir tan arriba. Ah, que no lo es.
Me encuentro en lo alto de un acantilado, y ante mí tengo el mar. Mi objetivo es saltar desde arriba del todo y recibir un buen puñado de adrenalina, pero al llegar arriba el miedo se ha apoderado de mí.
Está muy alto… no sé si podré saltar. ¿Y si me resbalo y me caigo? ¿Y si no entro bien en el agua y me pasa algo? ¿Y si hay tiburones ahí abajo esperando?
― ¿A qué esperas?
Al girarme me encuentro a un chaval que me mira como si esperase su turno.
― ¡No tienes todo el día!
― ¿Pero tú has visto lo alto que está esto?
― Claro que lo he visto. Si yo vivo aquí.
¿Vive aquí? Será un habitante de esa urbanización cercana.
― ¿Y qué tal es lo de saltar desde aquí?
― Muchos lo intentan. Obviamente, todos tienen sus dudas y algunos que son torpes realmente caen mal. Luego están los que son cogidos por la guardia costera. Pero hoy no hay nadie vigilando. Aunque eres el primero que veo con tanto miedo en el cuerpo. ¡Si sólo es un salto!
El chaval parece majo. Pero eso sí, no se calla nada de lo que piensa. Se parece a mí.
― ¿Por qué no saltas tú y así pierdo el miedo?
― Porque yo no puedo saltar.
No me esperaba su respuesta. Mejor me callo, porque quizá tenga algún problema físico o algo de lo que no quiere hablar.
― Sin embargo tengo algo que puede ayudarte. Ya verás, cierra los ojos y confía en mí.
― ¿No irás a empujarme?
― No, yo no puedo influir de forma tan directa en tu decisión. Simplemente escúchame.
Decido hacerle caso. Cierro los ojos y antes de que hable oigo el sonido de la brisa, de las gaviotas, de las olas e incluso de los barcos lejanos.
― El viento que oyes te guiará. Será como si fueses una más de las gaviotas que surcan el cielo ahora mismo. Pero tú no subirás, sólo caerás. Pero realmente deseas caer. Crees que es demasiado pronto y que te lo tienes que pensar más, pero desde que viste este sitio no hay nada que te haya quitado de la cabeza este salto. Te comprendo. Más que nadie.
Oigo su voz dentro de mí como si fuesen mis propios pensamientos.
― Y ahora tienes miedo. Y yo lo he alimentado diciéndote que otra gente no lo logra. Pero cree en ti. Cree en el sentimiento que te ha llevado hasta aquí arriba. Salta, disfruta de la caída, y que se mantenga en tu cuerpo hasta el fin de tus días. Puedes hacerlo, sólo te falta voluntad. Y me parece que te es muy fácil crearla. Al fin y al cabo, te conozco.
¿Me conoce? Si yo vivo sólo con mi gato. ¿Quién es?
― Ahora, tus pies se impulsarán. La caída por fin llegará. El agua te espera debajo, y con ella un sentimiento que no te abandonará jamás. Y entonces te acordarás siempre de mí. Porque ya te lo he dicho, yo vivo aquí.
Salto.
Mis piernas se flexionan para luego desplegarse con una gran fuerza. En el momento que lo hago, decido abrir los ojos y girar la cabeza para ver a mi nuevo amigo. Y cuando lo hago, es como si el tiempo se congelase para mí. Ahí no hay nadie.
El agua está caliente, bastante más de lo que jamás habría imaginado.


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